En el ambiente flotaba algo más que un
mal presentimiento…
El lugar parecía haber salido de las
alucinaciones de un loco sin embargo tenia ciertos elementos que le daba un
toque de palacio real. Se encontraban en una sala tan grande que las notas de
sus instrumentos se perdían en aquella inmensidad. La iluminación era tan
escasa que no alcanzaban a ver más allá de veinte metros. Las enormes columnas
se perdían entre las sombras y resultaba imposible determinar que altura
tendría el techo. El aire, si a eso se le podría llamar aire, parecía estancado
por años, no había ventilación y el calor era cada vez más sofocante. Lo más
extraño de todo era que habían recibido
la orden de tocar su mejor música sin que hubiera ninguna persona en la
estancia.
Ahí se encontraba el quinteto de cuerda
de Miguel Ruiz, dando su mejor función en un salón de pesadilla y sin que nadie
los escuchara.
Todo había comenzado la madrugada del
día anterior cuando terminaron su trabajo en una fiesta. Con cansancio pero con
satisfacción, salían los cinco músicos
cuando fueron alcanzados por un elegante caballero.
-Tocan ustedes maravillosamente –les
aseguro el desconocido- quisiera que consideraran estar presentes en un baile
que ofreceré mañana por la noche.
Antes que pudieran ponerse de acuerdo,
el distinguido caballero les entrego un sobre
con tanto dinero como para tocar en veinte fiestas. Los músicos se
sonrieron y aceptaron gustosos.
-¿Dónde debemos presentarnos?
–pregunto Miguel Ruiz.
-Es un poco complicado, yo vendré por
ustedes aquí mismo y los conduciré.
Así lo acordaron y a la noche
siguiente encontraron muy puntual a su contratante. Él los llevo por callejones
que jamás habían visto, a pesar que todos habían nacido en Guanajuato. Entraron
finalmente a una casa aparentemente pequeña, más al adentrarse parecía
ensancharse hasta alcanzar dimensiones extraordinarias. Luego descendieron por
muchas escaleras hasta llegar al salón en el que seles ordeno tocar.
La cámara se fue llenando. Los músicos
pensaron, en un principio, que se trataba de un baile con disfraces, pues entre
la penumbra distinguían extraños rostros. Poco a poco se fueron convenciendo de
que no eran mascaras y que, en efecto, los ojos de los asistentes brillaban en
la oscuridad; que en lugar de agiles pies, eran pezuñas de cabra las que seguían
la rítmica tonada, y que en las sonrisas se dibujaban puntiagudos colmillos.
Entonces recordaron algo más de la
noche anterior, cuando el elegante señor les dio el sobre con el dinero ellos
lo contaron y dijeron casi a coro.
-¡Vaya, por esta cantidad tocaríamos
en el mismo infierno!
El elegante caballero se habías
sonreído.
-Supongo que sí –contesto-, supongo que sí.
Esta muy buena la leyenda ojala subas mas contenido como este
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